“Guaraní”, um texto de Loretta Emiri

Loretta Emiri * : GUARANÍ **

Al antiquísimo tronco tupí se le atribuye un origen de al menos cinco mil años. De éste proviene, hace 2.500 años atrás aproximadamente, la familia lingüística tupí-guaraní. La historia de los tupí tuvo como escenario la selva tropical; la de los guaraníes, las selvas subtropicales de la cuenca de los ríos Paraguay, Paraná y Uruguay. Durante la conquista europea, numerosas poblaciones autóctonas ocupaban la extensa región que se extiende desde el Amazonas hasta el Rio de la Plata, y desde el océano Atlántico hasta la cordillera de los Andes. Al menos catorces grandes grupos denominados guaraníes se sometieron a la colonización española y portuguesa, y
al proceso denominado “civilizador” llevado a cabo por misioneros franciscanos y jesuitas.

Los primeros contactos entre europeos y guaraníes se caracterizaron por alianzas a nivel social, económico y político. En el ámbito social la alianza se produjo a través del mestizaje: pensando que los extranjeros fueran gente buena, los indios les dieron sus propias hijas, de tal
modo que toda la familia indígena se ponía al servicio del hombre blanco honrándolo como pariente; naturalmente, en los casos en que el primer contacto se produjo con la guerra, los europeos se adueñaron por la fuerza de las mujeres de los grupos derrotados y sometidos. Bajo el aspecto económico, los indios proveyeron las bases de descanso y de abastecimiento de los conquistadores. En el ámbito político, la cultura indígena fue instrumentalizada por los europeos, que usaron los conocimientos topográficos de los guaraníes, su habilidad como guerreros y las
enemistades con otras poblaciones para atacar los nativos todavía no sometidos.

En pocas décadas, el cruel gobierno instalado desmenuzó las instituciones indígenas y provocó una trágica disminución de la población. La explotación deshumana indujo a los indios a rebelarse. Los enfrentamientos determinaron que los europeos se contactaran con otros grupos guaraníes que, a su vez, se convertían en víctimas de la ferocidad de los colonizadores; sometidos a violencias de todo tipo, cuando también ellos se rebelaban, eran sustituidos por indígenas recién capturados. La palabra española encomienda y la portuguesa bandeira definen
situaciones idénticas: las incursiones y las expediciones realizadas para capturar indígenas todavía libres, para esclavizarlos y someterlos a la economía colonial. El entonces gobernador del Paraguay notó que la drástica disminución de la población indígena ponía en peligro la colonización, comprendió que, si la espada estaba fallando, la cruz habría podido salvar la situación; propuso el envío de misioneros que evangelizaran, y por tanto domaran, los “salvajes”. La intención era que las órdenes religiosas entraran en contacto con los grupos indígenas esparcidos en la selva, los reunieran en un lugar y los predispusieran a la aceptación del Evangelio y de los trabajos forzados.

Perseguidos por un lado por los españoles e por otro por los portugueses, muchos guaraníes pensaron que encontraban refugio en las misiones. Para llenar el vacío dejado por los indígenas fugitivos o asesinados por las miserias y cansancio, durante décadas, los habitantes de los aglomerados portugueses asolaron también las poblaciones de las misiones. Entre los religiosos que trabajaron entre los guaraníes, los jesuitas se destacaron al criticar la situación en la que los indios se encontraban: denunciaron la explotación a la que eran sometidos; defendieron su derecho a liberarse; se comprometieron a hacer respetar las leyes que reglamentaban el trabajo
indígena; obtuvieron que los individuos bajo su protección fueran considerados súbditos directos del rey, evitando así la mediación de las autoridades coloniales. Pero las misiones estaban siempre al servicio de la corona española, a la que apoyaban en el proyecto de hacer que los indígenas se adecuaran a aquello que se entendía como vida civil y política. Al modificar su cultura, los misioneros estaban convencidos que humanizaban a los indígenas; conquistándolos espiritualmente obtenían que se sometieran dóciles a la colonización.

En un primer momento, los indígenas se resistieron al nuevo modo de ser inculcado en las misiones. Su jefes espirituales se transformaron en portavoces del malestar y de la crisis social. Pero los jesuitas fueron tan eficientes en la guía temporal y espiritual que rápidamente los lideres religiosos nativos fueron cooptados, después debilitados, luego silenciados, finalmente sustituidos. En las misiones no estaba permitido el ingreso de españoles, mestizos, negros y mulato: sin recurrir al mestizaje, los misioneros lograron igualmente hacer que sobre los guaraníes pesase una importante explotación económica, una acentuada dominación política y la absoluta imposibilidad de continuar a ser ellos mismos.

Los guaraníes que quedaron afuera de las misiones y del campo de influencia de los tiranos europeos se escondieron en las selvas adyacentes del río Paraná. El relativo aislamiento los ayudó a preservarse. El alboroto causado per la Guerra de la Triple Alianza, dispuesta por Brasil, Argentina y Uruguay contra Paraguay (1865-1870), los indujo a volver a ocupar los territorios antiguamente habitados por otros grupos guaraníes. Desde el Paraguay peregrinaron hasta la Argentina e el Brasil. Después de algunos años del fin de “Guerra grande”, el gobierno paraguayo dio en concesión numerosas hectáreas de selva virgen, mientras personas y empresas adquirieron en la región enormes propiedades para la explotación, por ejemplo, del mate. Inició así la venta con pérdidas del hábitat que por miles de años había permitido que la cultura guaraní se expresara a nivel religioso, social y económico.

En la segunda mitad de este siglo, en la región fronteriza entre Paraguay y Brasil, la colonización se intensificó con ritmos y métodos violentos. La mono-cultura tomó el lugar de las selvas. Los indios fueron expulsados, o reducidos a jornaleros mal pagados y sometidos a la disgregación social, a la marginalización, a la soledad, al hambre, a las enfermedades, al alcoholismo. También en el sector paraguayo, los propietarios de las haciendas son  redominantemente brasileños, y son llamado los “brasileños de Stroessner” porque compraron enormes extensiones de tierra a precios bajísimos en la época de ese dictador. Por una ironía de la suerte, los guaraníes que recorren actualmente el litoral y la región sur del Brasil son considerados “indios paraguayos”. De los catorce grupos guaraníes contactados en los siglos XVI y XVII, diez desaparecieron. En Bolivia sobreviven los chiriguanos. En Paraguay, Argentina y Brasil encontramos sobrevivientes de los grupos nhandeva, kaiowá y mbyá. Los ciudadanos de los estados nacionales construidos sobre las ruinas del mundo guaraní se jactan del progreso implantado en la región y tratan de ignorar los indígenas que se obstinan en sobrevivir, o los persiguen tratándolos como intrusos y invasores. Es así que los guaraníes viven hoy en microscópicas reservas, precariamente acampados en las orillas de los caminos, míseramente instalados bajo los puentes en la periferia de las ciudades.

La “Tierra Sin Males” es el Edén que los guaraníes han tratado de alcanzar a través de migraciones tradicionales y constantes. La mística búsqueda de espacios concretos en donde poder seguir viviendo según los propios esquemas culturales motivaba tales migraciones: ¿cómo prescindir de la tierra si no hay cultura sin ella? Peregrinar en búsqueda de la “Tierra Sin Males”, para los guaraníes significaba mejorar el propio mundo, ellos mismos, la vida. Las selvas se transformaron en campos. Los edificios han sustituido los árboles. La construcción de centrales hidroeléctricas provocó la inundación de los pueblos e de las áreas limítrofes. La tierra es cada vez más escasa; es siempre más difícil para los guaraníes mantener su propio sistema socioeconómico o religioso. ¿Dónde ir se a oriente y a occidente es la misma devastación, el mismo asedio? Tomada conciencia del hecho de que la “Tierra Sin Males” no existe más, la marcha de los guaraníes se transformó en una vía crucis.

Las Cascadas del Iguazú – ubicadas a 22 km. en la confluencia del homónimo río con el gran Paraná, en la frontera de Brasil al norte, de la Argentina al sur y del Paraguay al oeste – son lo que queda del universo guaraní: un limitado, pero prodigioso espectáculo natral que se ofrece a la vista de los turistas internacionales. Del mundo indígena, el lugar conserva el nombre, que significa “agua grande”. Transitando a lo largo de los caminos que unen las cascadas con las ruinas de las misiones, los forasteros pueden inclusive reparar en las casuchas de los guaraníes
sobrevivientes.

En Europa se festejaron los cinco siglos del llamado “Descubrimiento de América”. Usando una terminología más adecuada, en Brasil se habló de invasión y genocidio, de quinientos años de opresión y de lucha, de resistencia indígena. Toda una serie de iniciativas fueron propulsadas para recordar los millones de nativos muertos y las numerosas sociedades indígenas exterminadas, y para denunciar la situación de los sobrevivientes de la masacre física, cultural y religiosa. Ese año estuve dos veces en São Paulo. Cada vez que iba al centro, entre la marea de
peatones y el ruido del tráfico descubría pequeñas islas humanas: silenciosas e dignas familias guaraní-mbyá ofrecían artesanías a los pasantes. Manteniéndome a una discreta distancia, me detenía algunos minutos siguiendo al escena y el curso de los pensamientos que me provocaba.

Morro da Saudade, traducible como Montículo de la Nostalgia, es el nombre portugués con el cual es conocido un pueblo mbyá distante sesenta kilómetros del corazón de São Paulo. Limita con un terreno perteneciente a la red radiofónica que los propietarios blancos han llamado impúdicamente “Radio Tupi”. Frecuentemente los indios llegan al centro de la ciudad para vender sus artesanías. En los mismos lugares donde crecieron árboles y antepasados, vagan silenciosos cargando niños, artesanías y males. A veces duermen, en grupos, en las veredas. Al
ser inadecuados los campos que tienen, para las necesidades alimenticias dependen de los productos comprados en los mercados; es así que las artesanías se transformaron en fuente de ingreso. En las zonas que quedan de la selva recogen las últimas materias primas disponibles. En los campos cultivan bambú, calabazas. Sustituyen las plumas de pájaros ahora inhallables con las de gallina, adecuadamente teñidas. Emplean nylon en lugar de los hilos de algodón y de fibras vegetales. Para dar tonalidades vibrantes a los adornos que venden, compran papel carbónico, jugos de fruta colorados artificialmente e, incluso, una sustancia que los fabricantes blancos han llamado impúdicamente “Tinta Guaraní”. En fin, reducen las dimensiones de algunas artesanías para conformar a los compradores que prefieren objetos no abultados. El patético producto final no es que otro que la materialización de la transfiguración de la existencia guaraní.

 

* Loretta Emiri, escritora y estudiosa de las civilizaciones indígenas, ha vivido durante un largo período
en el Amazonas brasileño. Es miembro del CISAI – Centro Interdipartimentale di Studi sull’America
Indigena de la Università degli Studi di Siena.

** Traducción do italiano por Fernanda Elisa Bravo Herrera.

Acesse o texto em arquivo original (PDF): https://drive.google.com/file/d/1zRLp7MibEZxkbrwTPHdlFZKclXJUC5ml/view?fbclid=IwAR3ZD1yTyzu-N8m3llcVWUJwO2U9LY1vApI8caFz064fGcOLC6AcqTnICQs