La noche del eclipse

  –  Um conto de Gabriel Garcia Marquez  –  

(OBSERVAÇÃO: Durante vários anos, o célebre escritor colombiano, enquanto se dedicava a suas memórias, escreveu uma série de seis contos que podem ser lidos de maneira independente, sem ligação entre si. Com título «En agosto nos vemos», também podem ser conhecidos em uma ordem, com a continuidade dramática de uma novela. Este, “La Noche del Eclipse”, é o terceiro da série. Reproduzimos do jornal El País, edição de maio de 2003.)
eclipse-gabrielOtros misterios de aquel hotel extravagante no fueron tan fáciles para Ana Magdalena Bach. Cuando encendió un cigarrillo se disparó un sistema de timbres y luces, y una voz autoritaria le dijo en tres idiomas que estaba en una habitación para no fumadores, la única que encontró libre una noche de ferias. Tuvo que pedir ayuda para aprender que con la misma tarjeta de abrir la puerta se encendían las luces, la televisión, el aire acondicionado y la música de ambiente. Le enseñaron a digitar en el teclado electrónico de la bañera redonda para regular la erótica y la clínica de jacuzzi. Loca de curiosidad se quitó la ropa ensopada de sudor por el sol del cementerio, se puso el gorro de baño para protegerse el peinado y se entregó al remolino de la espuma. Feliz, marcó a larga distancia el teléfono de su casa, y le gritó al marido la verdad: “No te imaginas la falta que me haces”. Fueron tan vívidos los fieros que le hizo, que él sintió en el teléfono la excitación de la bañera.
-Carajo -dijo- éste me lo debes.
Ella había pensado pedir al cuarto algo de comer para no tener que vestirse, pero el recargo por el servicio de habitación la decidió a comer como pobre en la cafetería. El vestido de seda negra, tubular y demasiado largo para la moda, le iba bien con el peinado. Se sintió medio desvalida con el escote, pero el collar, los aretes y las sortijas de esmeraldas falsas le subieron la moral y aumentaron el fulgor de sus ojos.
Cuando bajó a cenar eran las ocho. Terminó pronto. Agobiada por el llanto de los niños y la música estridente, decidió regresar al cuarto para leer El día de los Trífidos, que tenía en turno desde hacía más de tres meses. El remanso del vestíbulo la reanimó, y al pasar frente al cabaret le llamó la atención una pareja profesional que bailaba el Vals del Emperador con una técnica perfecta. Permaneció absorta en la puerta hasta que terminó el espectáculo y la clientela común ocupó la pista de baile. Una voz dulce y varonil, muy cerca de sus espaldas, la sacó del ensueño:
-¿Bailamos?
Estaban tan cerca, que ella percibió el tenue olor de su timidez detrás de la loción de afeitar. Entonces lo miró por encima del hombro, y se quedó sin aliento. “Perdone”, le dijo aturdida, “pero no estoy vestida para bailar”. La réplica de él fue inmediata:
-Es usted la que viste el vestido, señora.
La frase la impresionó. Con un gesto inconsciente se palpó los pechos intactos, los brazos desnudos, las caderas firmes, hasta comprobar que su cuerpo estaba en realidad donde lo sentía. Entonces miró de nuevo por encima del hombro, ya no para reconocerlo, sino para apropiárselo con los ojos más bellos que él vería jamás.
-Es usted muy gentil -le dijo con encanto-. Ya no hay hombres que digan esas cosas.
Entonces él se puso a su lado y le reiteró en silencio la invitación a bailar. Ana Magdalena Bach, sola y libre en su isla, se agarró de aquella mano con todas las fuerzas de su alma como al borde de un precipicio.
Bailaron tres valses a la manera antigua. Ella supuso desde los primeros pasos, por el cinismo de su maestría, que él era otro profesional alquilado por el hotel para animar las noches, y se dejó llevar en círculos de vuelo, pero lo mantuvo firme a la distancia de su brazo. Él le dijo mirándola a los ojos: “Baila como una artista”. Ella sabía que era cierto, pero sabía también que él se lo habría dicho de todos modos a cualquier mujer que quisiera llevarse a la cama.
En el segundo valse, él trató de apretarla contra su cuerpo, y ella lo mantuvo en su lugar. Él se esmeró en su arte, llevándola por la cintura con la punta de los dedos, como una flor. A la mitad del tercer valse ella lo conocía como si fuera desde siempre.
Nunca había concebido a un hombre tan anticuado en un empaque tan bello. Tenía la piel lívida, los ojos ardientes bajo unas cejas frondosas, el cabello de azabache absoluto aplanchado con gomina y con la línea perfecta en el medio. El esmoquin tropical de seda cruda ceñido a sus caderas estrechas completaba su estampa de lechuguino. Todo en él era tan postizo como sus maneras, pero los ojos de fiebre parecían ávidos de compasión.
Al final de la tanda de valses él la condujo a una mesa apartada sin anuncio ni permiso. No era necesario: ella lo sabía todo de antemano, y se alegró de que él ordenara champaña. El salón en penumbra era bueno para vivir, y cada mesa tenía su propio ámbito de intimidad.
Ana Magdalena calculó que su acompañante no pasaba de los treinta años, porque apenas si daba pie con el bolero. Ella lo encaminó con tacto sereno, hasta que él encontró el paso. Lo mantuvo a la distancia, para no darle el gusto de que sintiera en sus venas la sangre enfebrecida por la champaña. Pero él la forzó, primero con suavidad, y después con toda la fuerza de su brazo en la cintura. Ella sintió entonces en su muslo lo que él había querido que sintiera para marcar su territorio, y se maldijo por el batir de su sangre en las venas y el fogaje de su respiración, pero supo oponerse a la segunda botella de champaña. Él debió notarlo, pues la invitó a un paseo por la playa. Ella disimuló su disgusto con una frivolidad compasiva:
-¿Sabe qué edad tengo?
-No puedo imaginarme que usted tenga una edad -dijo él.
-Sólo la que usted quiera.
No había acabado de decirlo cuando ella, hastiada de tanta mentira, le planteó a su cuerpo el dilema terminante: ahora o nunca. “Lo siento”, dijo, poniéndose de pie. Él se sobresaltó.
-¿Qué ha pasado?
-Tengo que irme -dijo ella-. La champaña no es mi fuerte.
Él propuso otros programas inocentes, sin saber quizás que cuando una mujer se va no hay poder humano ni divino que la detenga. Por fin se rindió.
-¿Me permite acompañarla?
-No se moleste -dijo ella-. Y gracias, de veras, fue una noche inolvidable.
En el ascensor estaba ya arrepentida. Sentía un rencor feroz contra sí misma, pero la compensaba el placer de haber hecho lo que correspondía. Entró en el cuarto, se quitó los zapatos, se tiró bocarriba en la cama y encendió un cigarrillo. Casi al mismo tiempo llamaron a la puerta, y ella maldijo el hotel donde la ley perseguía a los huéspedes hasta su intimidad sagrada. Pero el que tocó no era la ley, era él.
Parecía una figura del museo de cera en la penumbra del corredor. Ella lo comprobó con la mano en el pomo de la puerta, sin una pizca de indulgencia, y al fin le cedió el paso. Él entró como en su casa.
-Ofrézcame algo -dijo.
-Sírvase usted mismo -dijo ella-. No tengo la menor idea de cómo funciona esta nave espacial.
Él, en cambio, lo sabía todo. Moderó las luces, puso la música de ambiente y sirvió dos copas de champaña del minibar con la maestría de un director de orquesta. Ella se prestó al juego, no como ella misma, sino como protagonista de su propio papel. Estaban en el brindis cuando sonó el teléfono, y ella contestó alarmada. Un oficial de la seguridad del hotel le advirtió muy amable que ningún invitado podía permanecer en una suite después de la medianoche sin registrarse en la recepción.
-No necesita explicármelo, por favor -lo interrumpió ella, abochornada-. Perdone usted.
Colgó con la cara congestionada por el rubor. Él, como si hubiera oído la advertencia, la justificó con una razón fácil: “Son mormones”. Y sin más vueltas la invitó a contemplar un eclipse total de luna desde la playa. La noticia era nueva para ella. Tenía una pasión infantil por los eclipses, pero toda la noche se había debatido entre el decoro y la tentación, y no encontró un argumento válido para no aceptar.
-No tenemos escapatoria -dijo él-. Es nuestro destino.
La invocación sobrenatural la dispensó de escrúpulos. Así que se fueron a ver el eclipse en la camioneta de él, a una bahía escondida en un bosque de cocoteros, sin huellas de turistas. En el horizonte se veía el resplandor remoto de la ciudad, y el cielo era diáfano y con una luna solitaria y triste. Él estacionó al abrigo de las palmeras, se quitó los zapatos, se aflojó el cinturón y abatió el asiento para relajarse. Ella descubrió que la camioneta no tenía más que los dos asientos delanteros, que se convertían en camas con sólo apretar un botón. El resto era un bar mínimo, un equipo de música con el saxo de Fausto Papetti, y un baño minúsculo con un bidé portátil detrás de una cortina carmesí. Ella entendió todo.
-No habrá eclipse -dijo-. Sólo pueden ser en luna llena, y estamos en cuarto creciente.
Él se mantuvo imperturbable.
-Entonces será de sol -dijo-. Tenemos tiempo.
No hubo más trámites. Ambos sabían ya a lo que iban, y ella sabía además qué era lo único distinto que podía esperar de él desde que bailaron el primer bolero. La asombró la maestría de mago de salón con que la desnudó pieza por pieza, casi hilo por hilo, con la punta de los dedos y sin tocarla apenas, como deshollejando una cebolla. Con la primera embestida del minotauro ella se sintió morir por el dolor con una humillación atroz de gallina descuartizada. Quedó sin aire y empapada en un sudor helado, pero apeló a sus instintos primarios para no sentirse menos ni dejarse sentir menos que él, y se entregaron juntos al placer inconcebible de la fuerza bruta subyugada por la ternura. Ana Magdalena no se preocupó por saber quién era él, ni lo pretendió, hasta unos tres años después de aquella noche inolvidable, cuando reconoció en la televisión su retrato hablado de vampiro triste, solicitado por todas las policías del Caribe como estafador y proxeneta de viudas alegres y solitarias, y probable asesino de dos. (Fin)


Gabriel Garcia Marquez  (1927-2014), escritor colombiano, prêmio Nobel de Literatura em 1982. Conto reproduzido em espanhol do jornal El País.


 

Versão em português:
A noite do eclipse

por Gabriel Garcia Marquez

Outros mistérios daquele hotel extravagante não foram tão fáceis para Ana Magdalena Bach. Quando acendeu um cigarro disparou um sistema de campainhas e luzes e uma voz autoritária lhe disse, em três idiomas, que estava em um quarto para não fumantes, o único que encontrou livre em uma noite de férias. Teve que pedir ajuda para aprender que com o mesmo cartão de abrir a porta se acendiam as luzes, a televisão, o ar condicionado e a música ambiente. Ensinaram-lhe a digitar no teclado eletrônico para regular os eróticos e salutares jatos d’ água da banheira redonda de hidro-massagem. Louca de curiosidade tirou a roupa ensopada de suor por causa do sol do cemitério, colocou a touca de banho para proteger o penteado e se entregou ao redemoinho de espuma. Feliz, discou o número de telefone interurbano de sua casa e aos gritos disse ao marido a verdade: “Você não imagina a falta que você me faz”. As fanfarronadas que ela lhe dirigiu foram tão agressivas que ele sentiu ao telefone a excitação da banheira.
Porra – disse – você está me devendo essa.
Ela tinha pensado em pedir algo para comer para não ter que vestir-se, porém a taxa extra para serviço de quarto a fez decidir comer no bar como o fazem os pobres.. O vestido de seda negra, um tubinho um pouco cumprido para a moda, combinava com seu penteado. Sentiu-se meio desprotegida com o decote, mas o colar, os brincos e as presilhas de esmeraldas falsas lhe levantaram a moral e aumentaram o brilho de seus olhos.
Vestir o vestido
Estavam tão próximos que ela percebeu o tênue cheiro de sua timidez por trás da loção de barbear
Quando desceu para jantar eram oito horas. Terminou rapidamente. Incomodada com o choro das crianças e a música estridente, decidiu voltar ao quarto para ler El dia de los Trífidos, que tinha iniciado há mais de três meses. A calma do hall de entrada do hotel a reanimou e ao passar diante do cabaré chamou-lhe a atenção um casal profissional que bailava a Valsa do Imperador com uma técnica perfeita. Permaneceu absorta na porta até que terminasse o espetáculo e a clientela comum ocupasse a pista de dança. Uma voz doce e varonil, muito próxima de suas costas a tirou de sua fantasia:
Dancemos?
Estavam tão próximos que ela percebeu o tênue cheiro de sua timidez por trás da loção de barbear. Então o encarou por cima do ombro e permaneceu sem alento. “Perdão”, lhe disse aturdida, “mas não estou vestida para dançar”. A réplica dele foi imediata:
É você que veste o vestido , senhora.
A frase a impressionou. Com um gesto inconsciente apalpa seus seios intactos, os braços nus, as cadeiras firmes, até comprovar que seu corpo estava, na verdade, onde ela sentia. E então dirigiu seu olhar novamente por cima dos ombros, não mais para reconhecê-lo, mas para dele se apropriar com os mais belos olhos que nunca mais ele veria iguais .
Você é muito gentil – disse-lhe encantada -. Já não existem homens que digam coisas como essa.
E então ele se pôs ao seu lado e lhe reiterou, em silêncio, o convite para dançar. Ana Magdalena Bach, só e livre em sua ilha, se agarrou àquela mão com todas as forças de sua alma como se estivesse à beira de um precipício.
Dançaram três valsas à moda antiga. Ela supôs, desde os primeiros passos, pelo cinismo de sua maestria que ele era outro profissional alugado pelo hotel para animar as noites e se deixou levar em círculos de vôo, mas com seus braços o manteve firme à distância. Ele lhe disse, olhando-a nos olhos: “Dança como uma artista”. Ela sabia que ele tinha razão, mas também sabia que ele o tinha dito, de qualquer forma, a qualquer mulher que quisesse levar para a cama.
Na segunda valsa, ele tentou apertá-la contra seu corpo e ela o manteve em seu lugar. Ele se esmerou em sua arte, tomando-a pela cintura com a ponta dos dedos, como uma flor. Na metade da terceira valsa ela sentiu como se o conhecesse desde sempre..
Nunca tinha concebido um homem tão antiquado com uma embalagem tão bela. Tinha a pele pálida, os olhos ardentes sob espessas sobrancelhas, o cabelo azeviche absoluto, engomado com brilhantina e divido ao meio por uma linha perfeita. O smoking tropical de seda crua ajustado às suas cadeiras estreitas completava sua imagem de janota. Tudo nele era tão postiço como suas maneiras, mas os olhos de febris pareciam ávidos de compaixão.
Espaço de intimidade
Ana Magdalena Bach, só e livre em sua ilha, se agarrou àquela mão com todas as forças de sua alma como se estivesse à beira de um precipício
No final da série de valsas ele a conduziu a uma mesa isolada sem nada lhe dizer nem pedir permissão. Não era necessário: ela sabia de antemão e se alegrou por ele ter pedido uma champanhe. O salão na penumbra tornava o local agradável e cada mesa tinha seu próprio espaço de intimidade.
Ana Magdalena calculou que seu acompanhante não passava dos trinta anos porque ele ignorava tudo sobre bolero. Ela o encaminhou com tato, serena até que ele acertar o passo. Manteve-o à distância para não lhe dar o gosto de sentir em suas veias o sangue esquentado pela champanhe. Mas ele a forçou, primeiro suavemente, e depois com toda a força de seu braço na cintura. Ela então sentiu em sua coxa o que ele tinha querido que sentisse para marcar seu território e se amaldiçoou pelo bater de seu sangue nas veias e a aceleração de sua respiração, mas soube se opor à segunda garrafa de champanhe. Ele devia perceber, pois a convidou a um passeio pela praia. Ela dissimulou seu desgosto com uma frivolidade compassiva:
Sabe qual é a minha idade?
Não consigo imaginar que você tenha uma idade – disse ele.
Só a que você quiser.
Mal tinha acabado de falar quando ela, cansada de tanta mentira, expôs seu próprio corpo diante do dilema absoluto: agora ou nunca. “Sinto muito”, disse, levantando-se. Ele se assustou.
O que aconteceu?
Tenho que ir, disse ela -. A champanhe não é meu forte.
Ele propôs outros programas inocentes, sem saber certamente que quando uma mulher se vai não há poder humano nem divino que a detenha. Finalmente, ele se rendeu.
Permita-me que a acompanhe?
Não se incomode – disse ela -. E obrigada, foi uma noite inesquecível.
Convite para a eclipse
Supôs, desde os primeiros passos, pelo cinismo de sua maestria que ele era outro profissional alugado pelo hotel para animar as noites e se deixou levar em círculos
No elevador já estava arrependida. Sentia raiva de si mesma, mas a compensava o prazer de ter feito o que devia fazer. Entrou no quarto, tirou os sapatos, se atirou de costas na cama e acendeu um cigarro. Quase ao mesmo tempo tocaram a campainha e ela amaldiçoou o hotel, cuja lei perseguia os hóspedes até a sua sagrada intimidade.. Porém, quem tocou a campainha não era a lei, era ele. Parecia uma figura de museu de cera na penumbra do corredor. Ela o observou com a mão na maçaneta da porta, sem a menor indulgência e finalmente acabou deixando que ele entrasse. Ele entrou como se fosse sua casa.
Ofereça-me algo – disse.
Sirva-se você mesmo – disse ela -. Não tenho a menor idéia de como funciona esta nave espacial.
Ele, ao contrário, sabia tudo. Baixou a luz, pôs a música ambiente e serviu dois copos de champanhe do frigobar com a habilidade de um diretor de orquestra. Ela se prestou ao jogo, não como ela mesma, mas como protagonista de seu próprio papel. Estavam brindando quando tocou o telefone e ela respondeu alarmada. Um oficial de segurança do hotel a advertiu de maneira amável que nenhum convidado poderia permanecer em uma suíte depois da meia-noite sem fazer o devido registro na recepção .
Por favor, não precisa me explicar – interrompeu ela, confusa. Desculpe-me.
Desligou com a cara congestionada pelo rubor. Ele, como se tivesse ouvido a advertência, a justificou com uma razão simples: “São fanáticos”. E sem rodeios a convidou a contemplar um eclipse total da lua na praia. A notícia era nova para ela. Tinha uma paixão infantil pelos eclipses e depois de ter se debatido durante toda a noite entre o decoro e a tentação e não encontrou um argumento válido para não aceitar.
Não temos escapatória – disse ele -. É nosso destino.
Calculou que seu acompanhante não passava dos trinta anos porque ele ignorava tudo sobre bolero. Ela o encaminhou com tato, serena até que ele acertar o passo
O apelo ao sobrenatural a dispensou de escrúpulos. E assim foram ver o eclipse na caminhonete dele, em uma baía escondida em um bosque de coqueiros, sem traços de turistas. No horizonte, via-se ao longe o resplendor da cidade e o céu diáfano com uma lua solitária e triste. Ele estacionou ao abrigo das palmeiras, tirou os sapatos, afrouxou a cinta e abaixou o banco para relaxar. Ela descobriu que a caminhonete só tinha os bancos dianteiros que se convertiam em cama só com um aperto de botão. O resto era um frigobar, um equipamento de música com o saxofone de Fausto Papetti e um banheiro minúsculo com um bidé portátil detrás de uma cortina vermelha. Ela entendeu tudo.
Não haverá eclipse de lua – disse -. Só podem acontecer na lua cheia e estamos em quarto crescente.
Ele se manteve imperturbável.
Então será de sol – disse -. Temos tempo.
Não houve mais preliminares. Ambos já sabiam onde chegariam e ela sabia, além disso, que era a única coisa diferente que poderia esperar dele desde que dançaram o primeiro bolero. Assombrou-a a maestria de mago de salão com que a desnudou peça por peça, quase fio por fio, com a ponta dos dedos e mal tocando-a, como quando despelamos uma cebola. Com a primeira investida do minotauro, ela se sentiu morrer pela dor com uma humilhação atroz de galinha esquartejada. Ficou sem ar e empapada com um suor gelado, mas apelou a seus instintos primários para não se sentir menor nem deixar-se sentir menor do que ele, e se entregaram juntos ao prazer inconcebível da força bruta subjugada pela ternura. Ana Magdalena não se preocupou em saber quem era ele, nem pretendeu, até uns três anos depois daquela noite inesquecível, quando reconheceu na televisão seu retrato falado de vampiro triste, procurado por todas as polícias do Caribe como caloteiro e proxeneta de viúvas alegres e solitárias, e provável assassino de duas.


Gabriel Garcia Marquez  (1927-2014), escritor colombiano, prêmio Nobel de Literatura em 1982. Conto reproduzido em português do LeMondeDiplomatique BR

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